
Dicen los noticiarios de las pequeñas cosas que un soldado americano ha sido arrestado acusado de torturar a su pequeña hija por no saber recitar bien el abecedario. La niña sufría de pánico al agua, y el padre, que conocía su dolencia, aprovechó la debilidad de la pequeña para que el tormento fuese del todo eficaz: le sumergió la cabecita en un cubo, reteniéndola mientras la niña pudo aguantar la respiración.
Al leer la noticia he sentido que mi respiración también se cortaba. Luego, pasado un tiempo, he recordado la historia de aquel mercader que todos los días rezaba al Señor. En una ocasión tuvo que partir en viaje de negocios, debiendo ausentarse de su domicilio durante varios días. Cuando tras una larga jornada llegó a su destino se dispuso a orar, pero cuál sería su sorpresa al comprobar que había olvidado su libro de oraciones en casa. Y como el mercader era un fiel devoto, lamentó profundamente tamaño descuido, reprochándose tan gran torpeza y temiendo ser castigado por su pecado.
Lloró desconsoladamente durante horas, hasta que por fin recuperó la calma. Entonces, sosegado, tuvo una idea. Tomó un papel y escribió en él todo el abecedario y, cuando hubo terminado, se dirigió a Dios diciéndole: “Señor, soy un torpe mercader que ha olvidado su libro de oraciones, y sin él no sé qué decirte. Así que te ofrezco todas las letras del abecedario y, Tú, que lees en mi corazón, compón con ellas la oración que más te plazca”.
La noticia de otro adulto maltratador no es nueva, ni será la última, en esta sociedad ignorante donde prevalecen los derechos del adulto frente a los del niño, tan a menudo abusado, maltratado, desatendido..., prolongándose dolorosamente un drama en el que, no uno sino ambos, resultan dañados. Sí, creo en que somos la manifestación de Dios en la tierra y que somos portadores de un infinito potencial de renovación, de creatividad y de bondad. Pero creo también que nos ha cegado la ignorancia y, por ello, a diferencia del Dios ligado al mercader, los hombres somos capaces de responder con severidad y disciplina ante la debilidad y la inocencia del otro, ignorando que también es la nuestra.
Detrás de toda situación de niño maltratado se oculta una disposición del alma humana, una tendencia a hacerse “soldado” que defiende y preserva el orden establecido, una resistencia al cambio que nos impone la adaptación a lo viejo y frena el impulso renovador que traemos al nacer. Por ello, detrás de cada niño no respetado, ni atendido, ni amado, estamos todos. El que recibe el daño y el que lo inflinge, pues en ambos casos es nuestro potencial de bondad, de creatividad y de renovación lo dañado. Y, con ello, la esperanza que alimenta nuestro sueño de un mundo mejor.
Cada niño que nace es el renovado intento de la vida por hacer real al Hombre perfecto, al Hombre divino que subyace en algún rincón del alma, esperando...
Sí, en nosotros vive un amenazante “soldado”, pero también vive un “mercader” abierto a lo nuevo, confiado en que con las letras se componen palabras y que son éstas, fruto del ordenamiento de aquéllas, las que dan significado a nuestros sentimientos. Respeto, pues, el orden alfabético de las letras, pero apuesto por la niña de esta noticia jugando a ordenarlas de otra manera y así crear con ellas una hermosa oración o un bello sentimiento. Para ofrecérselo a alguien.
Salvemos a los niños. O pongámonos a llorar.