Hoy me he despertado nostálgico. Como con una feliz resaca de aromas extrañados, de cielos cargados de estrellas que parecen haber descendido para dejarse tocar, de ríos desbocados, de volcanes coronados de nieve y de vientos poderosos para los que no hay fronteras. Hoy me he levantado con el alma asida a la Patagonia.
Tenía que suceder. Aún sin existir un motivo para la evocación, pues una parte de mí vive en ella; se quedó para siempre en aquellas tierras desmesuradas, donde el silencio y la soledad se tornan presencia. Pero, no obstante, el motivo se presentó anoche en forma de película que narra la pequeña historia de un hombre bueno que trata de sobrevivir haciendo mangos de cuchillo... “¿Mangos de cuchillo?”, se asombraban los demás.”¡Son de artesanía, son hechos a mano, señor”! se defendía sin éxito aquél hombre entrado en años, avergonzado, sin empleo ni medios de subsistencia. Un día, en pago a un servicio le regalaron un perro, un dogo de pura raza, y con el perro un problema añadido a su precaria situación, puesto que no lo podía alimentar. Pero el hombre de los mangos de cuchillo aceptó llevarse al perro con él..., y, a partir de ese momento, el manso animal cambió la vida de su dueño abriéndole una puerta a la esperanza que nunca tuvo. “¿A qué se dedica, señor?” Le preguntaban luego. “¡Soy criador de perros muy buenos!” Respondía él con orgullo. “¿Y tiene muchos?”, insistían. “Bueno, de momento sólo tengo éste. Pero ya estoy empezando...”. Respondía con una sonrisa, asomándose desde el mundo de la esperanza donde había recuperado la dignidad.
Me sentí de nuevo viajero por aquellas tierras de El Chubut, escenario natural donde se desarrolla la película, y de uno de los numerosos viajes que he realizado por la Patagonia argentina y chilena siguiendo la estela de un hermoso sueño.
En aquella ocasión mi sueño me condujo hasta Palena, junto al archipiélago de Chiloé, en la X Región chilena. Inicié el viaje en Valdivia (Chile), pasando al lado argentino por Villa la Angostura y siguiendo todo el recorrido por las provincias de Rio Negro y más tarde El Chubut, para entrar de nuevo en tierras chilenas por el paso de Futaleufú, en un recorrido de cientos de kilómetros de llanura sin fin azotada por el viento, a lo largo de los cuales apenas me crucé con media docena de vehículos, y menos aún de lugares habitados. Jamás he percibido la inmensidad que te hace sentir solo y pequeño como entonces. Es la Patagonia.
Llegué a Palena y comprobé que allí se terminaban los caminos. Yo viajaba en un pequeño coche que alquilé en Valdivia. Era un Peugeot 204 que entonces se promocionaba bajo el lema: “Contigo al fin del mundo”. Y supe que debía regresar.