jueves, 7 de julio de 2011
MÁS ALLÁ DE LA INDIGNACIÓN Amanece en la Puerta del Sol (3)
martes, 20 de abril de 2010
UNA MIRADA AL MUNDO

El Worldwatch Institute of Washington es una prestigiosa institución con casi cuatro décadas de historia a sus espaldas que funciona como observatorio mundial. Cada año hace público el resultado de sus analíticas observaciones a modo de diagnóstico de la situación mundial, pronostica el futuro probable de acuerdo con las tendencias observadas y aconseja la adopción de medidas orientadas a hacer de éste un mundo habitable, humanizado y sano.
El informe de este año, elaborado por un colectivo de más de sesenta científicos y expertos incide en un diagnóstico de gravedad frecuentemente denunciado por éste y otros observatorios, cuya tendencia habría superado ya el punto de no retorno tras el cual sólo cabría esperar su inevitable desenlace.
Lo ya sabido e insistentemente denunciado desde diferentes foros alude al modelo que, en rigor, deberíamos llamar de “civilización”, y no sólo “modelo económico”, puesto que involucra a otros factores esenciales de la vida, como la cultura, el desarrollo personal, la salud, las relaciones, la convivencia, el bienestar, la realización como individuo..., la religión. Modelo que, tácita y explícitamente, orienta nuestras vidas y al que seguimos y obedecemos desde la presunción de que así progresamos hacia la felicidad, ignorando o no queriendo reconocer que se asienta sobre una premisa irrealizable y por tanto falsa.
El aludido modelo, ignorando la naturaleza del alma y en descuido de los valores esenciales del ser humano, viene a decir que a mayor consumo mayor bienestar. No lo afirma de manera explícita, pero así lo cree y transmite desde el momento que utiliza como indicador del progreso el denominado PIB (Producto Interior Bruto), que refleja la suma de bienes producidos y consumidos por la sociedad; es decir, la actividad a secas, sin tomar en consideración el grado de bienestar de las personas. El mensaje tácito así lanzado relaciona el consumo con la calidad de vida y convierte el “consumismo” que suscita en la ética del progreso y del bienestar. Desde el punto de vista de un modelo así, basado en el continuo consumo de recursos como garantía de progreso, el objetivo lógico del mismo consistirá en mantener el PIB en crecimiento constante, lo cual resulta inviable en un contexto que es limitado (el planeta) y, por tanto, imposible de mantener en el tiempo.
Esta es la denuncia que se viene repitiendo desde el año 1972, fecha en la que fue publicado el informe del Club de Roma titulado Los límites del crecimiento, puesta una vez más en el punto de mira por el Worldwatch Institute, que insiste en la necesidad de abrir los ojos a la realidad de que no es posible el crecimiento ilimitado en la Tierra, y en la igualmente necesidad de llevar a cabo un cambio de paradigma que reconociendo las negativas repercusiones del actual (lo que algunos llaman enfermedad del consumismo) tanto sobre el propio planeta (ecológicas) como sobre el bienestar de las personas (sociales), valore la calidad de vida y la sostenibilidad por encima del consumo.
La alternativa propuesta por el Worldwatch Institute me hace recordar mi época de estudiante de economía, tiempo en el que descubrí el término económico llamado decrecimiento, inspirado en la rompedora teoría de N. Georgescu-Roegen, que a su vez está basada en el segundo principio de la Termodinámica y la influencia de la entropía en los procesos económicos. El decrecimiento viene a ser la otra cara de la moneda del modelo basado en la producción y el consumo como indicadores del crecimiento y en el PIB, que es su instrumento de medida. Y propone, en cambio, una nueva actitud basada en consumir menos, pero mejor; en dedicar menos tiempo al trabajo y más tiempo a vivir.
Hoy creo que detrás del decrecimiento se oculta un sentimiento profundamente humano a favor de la vida sencilla, donde no gobiernen los deseos que desencadenan la ambición, y sí en cambio la moderación que nos hace solidarios con la necesidad del otro.
