
La cristiandad exhibe estos días sus símbolos más preciados proclamando con ello no sólo su fe, sino también su asignatura pendiente. Ciudades y pueblos de cualquier lugar de la Tierra transforman sus calles en escenario, movilizan a sus santos guardados hasta ahora en los templos, y convocan a los fieles a la nueva y repetida representación del drama de la muerte y la resurrección de Jesús que quizá supere el éxito alcanzado en las anteriores celebraciones, sin reparar en que con ello apenas mantenemos vivo el símbolo que él representa, mientras postergamos su asimilación.
Hemos hecho de la Semana Santa una necesidad religiosa en sustitución de la experiencia personal. Hemos sustituido nuestra necesaria desidentificación respecto del ego -que es una “muerte en vida”, o la metanoia, que nos convierte en el “nacido de nuevo” ante quien se abren las puertas del Cielo- por la muerte reiterada de Jesús; y la anunciada resurrección de los muertos, por su resurrección, ignorando que los muertos llamados a la Vida somos nosotros, los que vivimos ajenos a nuestra divinidad creyéndonos separados de Dios, desorientados, perdidos, indignos y culpables. Y que por ser los muertos estamos llamados a resucitar, recuperando la conciencia de lo que somos y nunca hemos dejado de ser.
Los símbolos son eternos. Lo se. Pero su eternidad, manifestada en su permanente influencia sobre el colectivo, también contiene un final: el determinado por cada ser humano que despierta y da vida al símbolo, encarnándolo. Como hizo Jesús. El resto de la humanidad, aún sin saberlo, seguirá alimentándolo con sus ritos, manteniendo vigente la oportunidad a los nuevos llamados a despertar. Así ha sido siempre. Y quizá en cada uno que despierta o resucita exista una pequeña parte de los que siguen aquí, buscando, los cuales se sentirán menos muertos gracias a él.