Repartimos el lote con unos amigos que también eran vecinos, y todos nos sentimos felices con aquel inesperado regalo de bienvenida. Llegamos a tener treinta y cuatro gatos a la vez. Y mi amigo otros tantos. (Creo que nunca se ha dado una concentración de gatos por metro cuadrado tan elevada como la que favorecimos entre los dos). Competíamos alegremente en número y en belleza, pero reconozco que los mejores ejemplares los aportó él. Con frecuencia asistíamos a su nacimiento y, en menos ocasiones, también a su muerte, porque los gatos gustan de morir en soledad. Se alejan de ti, buscan un lugar adecuado, y no los vuelves a ver. Los gatos de mi amigo venían a morir a nuestro jardín, pero nunca supimos dónde lo hacían los nuestros.
Un día, una gata pinta llamada “Miche” dio a luz una camada de cuatro. A uno de ellos lo sacó fuera de su regazo apenas nació, enroscándose con los otros tres pegados a su vientre mientras el primero, separado unos pocos pero fatídicos centímetros de la madre, emitía un débil maullido y tiritaba, no sé si a causa del frío o del abandono...Intentamos subsanar el “descuido” materno poniéndole el gatito a mamar. Una vez, dos veces..., diez veces. Pero el instinto de la madre era más fuerte -y más sabio- que nuestro deseo, y no conseguimos que lo aceptara.
No nos dimos por vencidos, pese a todo, y decidimos asumir el rol de madre, alimentando y protegiendo al gatito casi tan solícitamente como “Miche” lo hacía con sus otros hijos. El gatito sobrevivió, pero no llegó a ser un cachorro normal ni sano. Su raquitismo era tan llamativo que nos causaba dolor. Para entonces ya habíamos asumido que el pequeño animal no estaba llamado a corretear por el jardín con sus hermanos, ni a acechar a los pájaros, ni a encaramarse al olivo centenario..., ni a vivir. Y que su madre así lo percibió en el mismo instante de nacer, dándolo por perdido conforme a un desarrollado instinto natural que no incluye la protección del débil.
Cuando aún no había alcanzado la edad de dos meses se le formó un tumor en el ojo derecho que en pocos días se hizo del tamaño de una canica blanquecina, sobresaliéndole exageradamente. El aspecto del gatito era desolador. Daniel, mi hijo menor, tenía entonces cuatro años de edad, y aquel débil cachorro era su favorito. Lo tomaba entre sus manos y lo acariciaba suavemente, como temiendo hacerle daño. Una tarde, mientras lo sostenía sobre sus piernas, me acerqué a él y comenté: “¡Dios mío, cómo se le ha puesto el ojo!”. Y Daniel, acercándomelo, contestó: “Sí, ¡pero mira que bonito es el otro ojo, papá!”. Y recordé a Jesús y su advertencia: “Si no os hacéis como niños...” Y supe que el Reino de los Cielos también está relacionado con la manera de ver.