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jueves, 7 de febrero de 2013

ALIENTO DE VIDA



“Modeló Dios  al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro
aliento de vida, y fue así el hombre ser animado”
(Gén 2,7) 

Respirar es vivir. Un acto de respiración nos incorpora al mundo y otro  nos saca de él. Y entre uno y otro movimiento, queda contenida la vida humana. La respiración nos introduce en el mundo, nos mantiene en él y finalmente nos saca. Antes de llegar a él, el mundo ya respiraba; y cuando ya no estemos aquí, el mundo seguirá respirando. Por eso la respiración no es algo personal, no nos pertenece; existe, como algo inherente a la Vida que nos acoge, nutre y acompaña, sin que en todo ello medie nuestra voluntad. No respiramos porque queramos hacerlo, sino porque lo impone la Vida. Respirar es vivir y vivir es respirar.

Somos seres animados, vivientes,  provistos de ánima, o alma; bendecidos por el “aliento de vida” citado en el Génesis, que nos hace miembros de la Vida.  Existimos en el seno de la Vida en virtud de una gracia. Habitamos en el corazón de Dios donde existen todos los mundos, todas las realidades, todos los sueños, todos los seres… Compartimos con ellos la estancia y los medios; respiramos juntos, compartimos el mismo aire, a través del cual el “aliento de vida” se renueva y mantiene.

Por eso la respiración no es un acto mecánico, sino un signo de pertenencia, un vínculo con algo mayor inclusivo de todo cuanto respira que nos hace seres animados, vivientes. Respirar es vivir,  vivir es pertenecer, y pertenecer es compartir. Y, el fundamento esencial de ello, es el  aliento o anhelo insuflado por Dios como un don inherente a nuestra naturaleza, sin el cual nada éramos y  nada seríamos.

El acto de respirar nos recuerda a cada instante que existimos en el seno de la Vida, o de Dios, donde existe toda la Creación como algo único y total; que pertenecemos a ese Todo junto al resto de las criaturas, con quienes compartimos una naturaleza común, aún  sin ser conscientes del vínculo que nos identifica y nos une, entre nosotros y con Dios. El acto de respirar mantiene indeleble el vínculo que une a las almas con su Creador, mientras aquéllas consuman la experiencia de una vida humana desde el no recuerdo de su dignidad, de su naturaleza y origen verdaderos, y creyéndose que son otra cosa., que viven separados de Él y que son culpables de dicha separación.

El acto de respirar es el testigo y la consecuencia del aliento que habita en el hombre, del anhelo capaz de elevarnos más allá de nuestros límites personales, hasta reconocernos en todo lo demás. Y es la esperanza de que un día se hará realidad.

Respiremos todos…, respiremos.


Félix Gracia

lunes, 10 de mayo de 2010

UNA MIRADA AL MUNDO (2)

El mundo siempre habla de sí mismo, como tratándose de un ente único y egocéntrico en torno al cual girase la vida. O quizá porque son lo mismo, y desde esa identidad el mundo no es un lugar, sino un estado concreto de la vida: el único que hemos llegado a realizar y conocer, mientras otros mundos permanecen en nuestra intuición o en nuestros sueños.

Hoy me asomo a él con el sentimiento de que ya no habla de sí mismo, sino del mundo que le ha de suceder; como si su identidad se desvaneciera; como si su protagonismo ya no fuese algo propio, sino el heraldo de otra realidad emergente nacida de sus cenizas. Hoy percibo su omnímoda presencia como una suerte de advertencia, como si al mostrar aquello que se desmorona estuviera anunciando la novedad que empieza a nacer. Hoy, contemplo el acontecer de este mundo, presintiendo que tal vez ha comenzado la noche oscura que antecede al amanecer.

No hay temor en este sentimiento que presiente cercano el parto. Quizá porque el dolor posible y aun el riesgo inherentes a él resultan menores frente al gozo de recibir al nacido. Y sí hay, en cambio, una serena esperanza no exenta de curiosidad ante la experiencia del tránsito; del cómo será, porque el qué ya es adivinado.

Vivimos una experiencia de realidad en un mundo y en un planeta, y somos todo ello a la vez: el planeta, el mundo, la experiencia vivida y el experimentador. Unidos indisolublemente porque somos una unidad, y no partes aisladas que conviven. No hay destinos paralelos, diferentes, para lo que es uno. Somos un tren en continuo movimiento que viaja con todo su contenido hacia la próxima estación, que tampoco ha de ser última, en un viaje sin final cuya meta es el propio viaje.

Y el viaje es movimiento. Y el movimiento cambio. Cambio necesario e inevitable escrito con mayúsculas en el guión de la vida; a veces lento, casi inapreciable, como suministrado con calmantes. Otras quirúrgico, drástico y sin anestesia.

Las crónicas anticipadas aluden al tiempo presente en tanto que escenario de cambios profundos que afectan a la raíz, a la estructura del mundo actual en todas sus facetas: economía, política, justicia, religión…,y en las instituciones que las representan. Los poderosos arquetipos que rigen el devenir, los “dioses del cambio”, han entrado en actividad provocando ya situaciones de caos inesperadas y catastróficas, y una sensación generalizada de inestabilidad que es de por sí un aviso. Todo es convocado a una severa revisión tras la cual pocos elementos del paradigma actual podrán prevalecer.

Una nueva generación de hombres ha comenzado ya a nacer en nuestros hogares. Ellos son el recambio, los nuevos gestores del mundo naciente. A nosotros, los que vinimos antes, nos corresponde el gestionar ese cambio, el vivir la noche oscura hasta la llegada de un amanecer que deje en sus manos un mundo renovado, probablemente más equilibrado, más justo y más humano.

Hoy son escritos para nosotros aquellos versos de Walt Whitman: “Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo”.

Permaneceré despierto, mi lámpara encendida.

miércoles, 17 de marzo de 2010

IN MEMORIAN

Hoy quiero convertir este espacio en recuerdo de mi sincera admiración y cariño a dos seres humanos a quienes conocí y que son ejemplo de entrega apasionada a su obra, que también fue su vida:
Félix, el amigo de los animales que despertó en tantos de nosotros el sentimiento del vínculo que nos une a la Tierra y a todo lo que en ella vive; y Miguel Delibes
inmortalizado en cada uno de los personajes a los que dio vida en sus novelas, en cada una de las pisadas dejadas por él sobre la seca piel de nuestra Castilla y en el recuerdo entrañable de conversaciones y de aquella jornada vivida junto a nuestro amigo común, Narciso Yepes, que a buen seguro habrá hecho sonar su guitarra a la llegada de Miguel.

Adiós, Félix. Adiós, Miguel. Yo parto hacia Ayna, en tierras manchegas, donde la mano de la Vida ha trazado un cauce para que discurra por él el río que hace real la metáfora que tan bien entendíais ambos:

el Río Mundo, nacido unas leguas más arriba del vientre de la montaña. Y allí, a su vera, os traeré en mi recuerdo.