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sábado, 23 de marzo de 2013

UNA IGLESIA POBRE (primera parte)



“Hay un vacío en el alma que tiene la forma de Dios, que sólo Dios puede llenar”
 (San Agustín)

El Papa Francisco, haciendo honor a lo que evoca su nombre,  ha proclamado su deseo de tener “una iglesia pobre para los pobres”, causando un positivo y esperanzador impacto en el catolicismo. Y no es para menos, pues ha tocado un asunto que a muchos preocupa viendo la deriva de la institución en algunos aspectos, que exige, quizá, una  refundación de la misma. Personalmente, yo también aplaudo sus palabras y comparto su objetivo, aún si no coincidiéramos en la apreciación del término “pobreza”. Su declaración, no obstante, contiene tanto y en tan pocas palabras que invita a una serena reflexión.

La precisión que  establece al manifestar su afán, sugiere al menos dos cosas; primera, que existe un colectivo de  “pobres” en el seno la sociedad, y otros que no lo son; y segunda, que a día de hoy la Iglesia no ha hecho de ellos su objetivo fundamental. La sociedad, pues, parece estar compuesta de ricos y pobres; tácita afirmación que nace de una observación objetiva de la vida y de los hombres, sin duda cierta, pero parcial en sí misma; no general, no universal, no católica; lo cual resulta un tanto  paradójico  viniendo del máximo representante de una iglesia que se autodenomina católica. En tal caso, y si los pobres no son todos, ¿quiénes son los pobres?

Decía en un artículo anterior que el nuevo Papa procedía del Nuevo Mundo (América), y que tal vez su elección fuese un indicio, una señal del “mundo nuevo” al que aspiramos. Decía igualmente que quizá estemos en el inicio de un cambio que nos lleve a vivir de una manera más humana y compasiva, más cercana a la necesidad del “otro” y a su dolor -que también es nuestro- y más decididos a ofrecer nuestro reconocimiento y ayuda a todos los abatidos para que recuperen la memoria de lo que son y con ello su dignidad. ¿Quiénes son “los abatidos, los quebrantados de corazón y los encarcelados” que dieron sentido a la vida de Jesús, referente fundamental y paradigma de la Iglesia?¿Guardan relación con los pobres?

Abatir significa descender, “hacer bajar algo que estaba izado”; y también derribar, “hacer caer algo destruyéndolo”, de donde se deriva abatido, cuyo significado es: desanimado, afligido, angustiado, decaído, deprimido, agobiado, desmoralizado, hundido… Aplicado a los seres humanos, los abatidos, los quebrantados de corazón y los encarcelados definen a un mismo tipo de personas, y vendrían a ser aquéllos que viven atrapados en un sentimiento complejo donde conviven la sensación de haber perdido una posición mejor, con la impresión de que algo valioso ha resultado destruido en la caída, provocándoles una profunda aflicción, el desánimo y la impotencia. Y fueron ellos -recordémoslo-quienes dieron sentido a la vida de Jesús al convertirse en su objetivo, según sus propias palabras y sus actos.

Y, ¿quiénes son y dónde están hoy aquellos abatidos de antaño? Es preciso recuperar la metáfora del Paraíso Terrenal para poder contestar a esta pregunta; para entender que originalmente somos uno en y con Dios, sin separación posible, y que dicho estado o cualidad de la existencia, absolutamente inaprensible para la razón, es sugerido por la citada metáfora del Paraíso. La mencionada cualidad de la existencia es pues nuestro “punto de partida”. Y el propio relato del Génesis, a través del recurso de la “expulsión”, anuncia el descenso o  “caída” desde dicho estatus, registrada en el alma como una gran pérdida y con el sentimiento añadido de que tal daño ha sido provocado por nosotros mismos, por el ser humano. La metáfora del Paraíso y la caída, aluden a un cambio radical que va desde el “sentirse en el corazón de Dios, a sentirse excluido de Él”; con el agravante de la culpabilidad propia, que atrae y justifica la necesidad del sufrimiento como experiencia reparadora. ¿Cabe mayor pérdida?

El ser humano es el resultado de tal proceso; lo cual advierte acerca nuestra  enorme complejidad psíquica, completamente ignorada. Puede decirse que en nosotros vive esa simbólica historia como si realmente hubiera ocurrido, convertida en estructura arquetípica, o impulsos vivientes de los que no somos conscientes, pero influyentes y en muchos casos determinantes de nuestros actos. El relato del Génesis es una metáfora que alude al proceso del alma que encarna; no se nos cuenta porque así sucedió, sino porque así estamos hechos, porque así somos, y porque desde su inspiración silenciosa y su influencia vivimos cada instante de nuestra vida.

Decía San Agustín, conmovido por el drama de la humanidad, que “Hay un vacío en el alma que tiene la forma de Dios, que sólo Dios puede llenar”. Un “sentimiento de vacío”, como una ausencia, provocado por la pérdida del estado de unidad en y con Dios, que nada del mundo puede compensar: ni la riqueza, ni el poder, ni la gloria; nada. Nada ni nadie puede satisfacer esa carencia que a todos sin excepción nos convierte en  pobres; pobres de solemnidad, tanto si  estamos rodeados de honores y de riquezas como si carecemos de todo. Porque la pobreza no es una situación de objetiva falta de medios, sino un sentimiento de orfandad  sembrado en el alma que sólo  resuelve la presencia de Dios. Tal sentimiento es el origen de todas las “pobrezas humanas” conocidas, que incluyen no sólo las carencias, sino también la necesidad y los deseos de satisfacerlas, los cuales derivan a menudo en  pulsiones como la lujuria,  la envidia o  la codicia, conocidas como “pecados capitales”; verdaderos  estados psíquicos incontrolables que nublan la conciencia y son causa de sufrimiento, sin que el ser humano pueda escapar a su dominio e influencia. La vida humana se torna así en algo parecido a una noria; en una suerte de viaje en círculo creyendo que avanzamos porque no cesamos de caminar, cuando en realidad sólo giramos alrededor de un eje, repitiendo y repitiendo experiencias que  cambian en la forma, pero son idénticas en lo esencial.

Este es el vivir humano -el Samsara- en cuyo origen se sitúa  un cambio registrado en el alma como un descenso o caída, una pérdida irreparable y una carga moral de  culpabilidad altamente condicionante y restrictiva que atrae el sufrimiento.  Tal es la base que sustenta nuestra presencia en el mundo y nos ata a él. Y éstos, quienes viven así,  son los  auténticos pobres; estos  son los abatidos de la tierra: nosotros. Todos.

No existen, pues, dos grupos humanos de ricos y pobres, sino uno. Todos somos pobres. Y es esta pobreza íntima la que, por existir en el alma, se manifiesta en forma de falta o carencia de recursos, dando lugar a una categoría social denominada “pobres” -así, a secas- cuando en verdad representan el anhelo más profundo y genuino del alma. Ellos son la punta del iceberg del estado de pobreza de todos. Cada “pobre” que camina sobre la tierra es la “versión” pobre de cada uno de nosotros proclamando nuestra orfandad. Con su testimonio, pues,  no muestran su personal pobreza, sino la ausencia de Dios en todos.

La injusticia social tantas veces denunciada no consiste en el desigual reparto de la riqueza, que es una simple consecuencia, sino en el no reconocimiento de la función espiritual de los “pobres” que debería provocar en nosotros la búsqueda de Dios. En ello radica la injusticia, pues, eludiendo nuestra obligada función mantenemos la manifestación de la pobreza en el mundo. “Pobres, siempre los tendréis entre vosotros, y a mí no me tendréis”, afirmó Jesús aquel día que una mujer derramó perfume sobre sus pies y Judas expuso que hubiera sido mejor dar de comer a los pobres con ese dinero. Con dicha respuesta, Jesús no rehuye la dedicación a los pobres, tantas veces testimoniada con su actividad,  y sí pone en cambio el énfasis en lo prioritario,  señalando el camino que es la devoción a Dios en él representada.

El Papa Francisco sueña con una iglesia para los pobres, y muchos de nosotros también. Pero no es igual atender o cuidar de ellos que erradicar la pobreza; ambas funciones, aunque diferentes, son igualmente necesarias y compatibles, y sobre su práctica descansa el verdadero ejercicio de la caridad. Ayudar a los  pobres que manifiestan su pobreza -los aludidos por Jesús- es bueno y es justo . Mas, es preciso saber que el beneficio de esta buena obra apenas mitiga los efectos de la pobreza, pero no la evita. Si sólo intervenimos a ese nivel, aunque repartiéramos con ellos todo cuanto tenemos seguiría habiendo pobres.

La auténtica caridad va más lejos; más allá de todo lo visible hasta alcanzar la intangible naturaleza del alma, donde “hay un vacío que tiene la forma de Dios, que sólo Dios puede llenar”; para allí conectar con la impresión del vacío, con ese sentimiento de ausencia infinita que a todos nos convierte en pobres…, y sentirse así…, y sentir a los demás hasta que brote la compasión que nos une, y con ella la voluntad de actuar allí donde estemos, con nuestro convencimiento y con nuestros medios, proclamando la buena nueva anunciada por Jesús para que ese Dios íntimo al que llamó “padre bondadoso”, siempre presente en el alma humana, sea por fin percibido por éstos y acabe así su orfandad y la pobreza que de ella nace. Esta es la prioridad.

Como ya he sugerido, quizá estemos en el inicio de un cambio en nuestra manera de vivir, más conscientes y sensibles al dolor de los demás, que también es nuestro. Quizá ha llegado el tiempo de sumar voluntades hacia el objetivo común de la familia humana, desde el reconocimiento de que “ya somos algo común”, que nuestra manifiesta diversidad no debilita. Quizá es el momento de afrontar la necesaria metanoia individual que nos impulse hacia metas más elevadas. Si así fuera, si así es, ayudémonos mutuamente, fundemos en nuestro corazón esa nueva iglesia que no requiere territorios, ni templos, ni oropeles, ni títulos; hagámosla como un sentimiento, donde los pobres -todos- encontremos aquello que sacie nuestra necesidad.

Félix Gracia

domingo, 17 de marzo de 2013

Nuevo Curso, días 21 y 22 de Abril 2013



NUEVO Curso:
Del “NIÑO-DIOS” al “NIÑO-INTERIOR”, y regreso
1ª Parte: vida y evolución humana
                                   
Por: Félix Gracia

La evolución no es un concepto, sino el desarrollo de un Plan; la ejecución de un proyecto en el que somos protagonistas, aunque no únicos. Somos, pues, seres en transición; peregrinos en busca del destino impreso ya en el alma desde antes de emprender el camino. Y, en dicho proceso, la vida humana constituye la crónica detallada de  ese viaje, sensorial e íntimo a la vez, que nos devuelve al punto de partida, cambiados.

Partimos hacia la aventura dotados de un potencial  de renovación y de creatividad tan elevado que ninguna mente humana lo puede comprender, y apenas  es sugerido por las metáforas. Así nos ha llegado el concepto “Niño-Dios”, como expresión de lo intuido por nuestros antepasados acerca de dicha naturaleza original; la potencialidad es pues el punto de partida y, su  realización,  el de llegada. Y entre ambos extremos se ubica la vida, la experiencia de todo lo posible, contenida en la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal”, que dará lugar al nacimiento de una realidad psíquica afligida profundamente arraigada en el alma, como un “niño” dolorido y triste que reclama atención y cuidado al que llamamos “niño-interior”; causa real de limitaciones y padecimientos en nuestra vida cotidiana, pero también verdadera antesala en el proceso de realización del “Niño-Dios”.

El Curso que convocamos facilita la comprensión del proceso -que es la vida- en cada una de sus fases desde nuestro origen, y orienta al caminante hacia su realización poniendo especial atención en el “niño-interior”, en su naturaleza, en cómo se origina y manifiesta, en su influencia en la vida de la persona, en cómo comunicarse con él y en la oportunidad evolutiva que representa, en tanto que puente hacia el “Niño-Dios”.


NOTA
: La 2ª Parte de este Curso será impartida los días 15 y 16 de Junio de 2013 y el tema central gira en torno al origen, naturaleza y propósito evolutivo de la enfermedad en general, con énfasis especial en las manifestaciones más frecuentes, como el cáncer, las cardiopatías, las afecciones respiratorias, las alergias, los trastornos alimentarios, las cutáneas, los accidentes…


Más info en nuestra WEB: www.felixgracia.com

jueves, 14 de marzo de 2013

EL NUEVO PAPA (o “se busca pastor comprometido”)


“No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo”
 Jn 12,47


La Curia, siguiendo un simbólico y misterioso ritual, ha celebrado estos días el Cónclave que concluye con  la elección de un nuevo Papa, en medio de la expectación habitual en este caso, pues conlleva el fin de un sentimiento colectivo de orfandad, y muchos otros sentimientos que conviven en él. Entretanto, su antecesor Benedicto XVI, permanece retirado en el silencio y, quién sabe, si sumido en la tarea de reconciliación con lo diabólico que yo imaginé en mi comentario publicado días atrás; en pleno proceso de descenso a los infiernos, a los mundos inferiores donde habita todo lo rechazado o maldecido por la humanidad, no porque sea maldito, sino porque así es juzgado por los humanos que  creen en un dios mermado, dividido. Sigo imaginando al Papa ausente metido en el papel del buen pastor que va en busca de la oveja extraviada, como antes hizo Jesús.

Jesús es el paradigma de la compasión. Descendió a los infiernos -o  ínferos- atraído por el sufrimiento en él existente, y no por cuestiones morales. Porque lo que en él habita no son aspectos o modalidades de la conducta humana abominables, sino estados del alma nacidos  del dolor, la vergüenza y el miedo experimentado por las personas que sufrieron el rechazo o la condena por practicarlas. De esa sustancia está hecho el ínferos, de ese dolor. Lo que vive allí no son entidades perversas contrarias a Dios como muestran las iconografías católicas y se nos ha dicho, sino las almas hijas de Dios que nunca se han sentido así, porque nadie les hizo sentir con su aceptación y su amor que así era. Todo juicio negativo lleva implícita la condena, propia y ajena, porque en el alma humana está ya sembrada la culpa como una predisposición. Y somos nosotros, con nuestros juicios condenatorios hacia los demás, quienes activamos dicha predisposición y quienes sembramos el sufrimiento que ellos sufrirán. Somos nosotros quienes, bajo el pretexto de una moral inspirada en la separación, mandamos a los demás al infierno sin saber que al condenar a otros nos condenamos a nosotros mismos. Así se perpetúa el dolor en el mundo, como sabiamente afirmó el Buda: “Si hay dolor en el mundo, alguien lo sufrirá”.

Jesús, el compasivo, descendió a los infiernos del alma humana, repletos tras siglos de condena de los unos a los otros,  para abrazar a todos los rechazados, excluidos y condenados de la tierra. Y  no lo hizo después de morir, como afirma el Credo,  sino en vida: dedicándose a ellos, compartiendo sus limitaciones y penas, pero anunciando también que otra vida es posible y les aguarda; llevándoles el mensaje de que Dios es un padre amoroso y bueno que cuida, alimenta y protege todo cuanto existe; que conoce sus necesidades y  hace salir el sol y derrama la lluvia para justos y pecadores por igual; que son amados por Él tal cual son porque así los ha creado y  que no pesa sobre ellos ninguna condena;  animándoles a que salgan de la oscuridad, a que  recuperen su dignidad jamás perdida y entren por fin en la casa del Padre. Porque ellos son la oveja extraviada y el hijo pródigo, cuya recuperación es celebrada con una fiesta.

Para eso vino Jesús al mundo. Y lo supo aquel día que en la sinagoga de Nazareth leyó el texto de Isaías: “El espíritu del Señor está sobre mí, pues me ha ungido, me ha enviado para predicar la buena nueva a los abatidos y sanar a los de quebrantado corazón, para anunciar la libertad a los cautivos y la liberación a los encarcelados” (Is 61,1). Dice el evangelista que, Jesús, conmovido tras la lectura, guardó un profundo silencio. Luego, pronunció las palabras: “Esta profecía se cumple hoy”, propias de quien reconoce en ella su personal destino. Ellos, los que sufren, fueron y son su objetivo. Porque el infierno o ínferos  no es  un lugar ni un estado posmorten, sino una realidad presente, una calidad de vida que incluye el sufrimiento. Si sufres, estás en el infierno. Y Jesús lo sabía. Sabía que el infierno, como el Reino de los Cielos están en nosotros, latentes, y cualquiera de ellos puede hacerse real porque la vida humana es así. Y sabía también que el alma queda atrapada en una estructura psíquica de la que es muy difícil salir, si no imposible,  sin la ayuda de “arriba”.

Esta es nuestra realidad conocida por Jesús, este es el escenario donde vivimos: el ínferos, o mundo inferior. En tal circunstancia,  el ínferos, atrapado en esa cárcel psíquica y abatido, eleva su mirada hacia los Cielos en petición de ayuda y su propio desamparo atrae la respuesta del mundo superior. Esa es la Ley.  Y, ese Jesús que hemos conocido, es la respuesta compasiva de Dios que acude en su auxilio; el buen pastor que da la vida por sus ovejas.

Escribo esta reflexión a caballo entre dos momentos: el del humo blanco que pone fin a la búsqueda de candidato, y las palabras que pronunció Angelo Sodano –el Decano de los Cardenales- en el inicio del Cónclave, señalando el perfil de dicho candidato; es decir, el tipo de persona que se necesita o se desea para ocupar ese cargo. Y según ha trascendido de manera oficial, el anciano cardenal,  durante la celebración de la misa Pro eligendo Pontífice,   pidió  “que el Señor conceda pronto a la Iglesia otro buen pastor dispuesto a dar la vida por sus ovejas”.

Sí, ha hablado como portavoz de los sufrientes, de todos los presos y abatidos; ha puesto palabras a la necesidad del mundo: está llamando a Jesús. Solo que Jesús, tras su muerte en el Gólgota, es un “nuevo Jesús”; ya no es un individuo sino un colectivo, un impulso vital siempre presente, un río de compasión entre el Cielo y la Tierra que engloba a miles, tal vez millones de almas que comulgan con él y han tomado el testigo.

Tal vez el nuevo Papa responda a ese perfil específico que, al propio tiempo que permite anunciar el Reino de los Cielos, exige  vivir los aspectos más humanos del alma; tal vez sea capaz -y pueda- acariciar y ser acariciado por los heridos, mirarse en sus ojos y sentir sus penas, mostrarse idéntico a ellos y dejar que aflore su debilidad y su llanto junto a ellos…; porque lo que en verdad nos une no es la fe compartida, sino el dolor que ablanda el corazón.

Tal vez este Papa que procede del Nuevo Mundo sea un indicio del “mundo nuevo” al que aspiramos, y estemos  ante el umbral de un cambio, de un punto de inflexión en la manera de vivir más humana y compasiva. Por eso hoy quiero pensar en mí y en nosotros, los de a pie; en el significado de Jesús en la vida humana que a todos nos concierne, en el infierno que nos rodea y en la necesidad de no sembrar más dolor, sino reconocimiento y estima por todo lo viviente. Hoy quiero pensar que todos somos llamados a la tarea, cada uno en su sitio, y que no somos menos responsables que el Papa ante  la necesaria Redención.

Félix Gracia

sábado, 9 de marzo de 2013

LA MUJER DEL AGUA (o aquí no sobra nadie)


Hace algunas semanas me encontré con una película de esas que pasan desapercibidas, por ser especial. El argumento:  “todos tenemos algo que hacer en la vida, que nadie más puede hacer si no tú”. La película se desarrolla en un bloque de viviendas habitadas por personajes de lo más peculiar -y en algún caso aparentemente absurdos y sin ninguna “utilidad”- a modo de metáfora del mundo donde coexisten magia y realidad. El complejo dispone de una piscina comunitaria en la que un día aparece una delicada mujer, no humana, procedente de un mundo subterráneo que se comunica con éste a través de la piscina. La  joven del agua no puede sobrevivir alejada de su mundo y debe regresar. El retorno, no obstante, exige resolver claves y sortear dificultades y peligros sobrenaturales; situaciones que, al no poder afrontar por sí misma, necesita  ser ayudada. Y no por cualquiera, sino por alguien dotado de una  específica cualidad que le hace ser el único capaz de ello.

La trama de un antiguo cuento japonés, sólo conocido por una persona, permite ir descubriendo los personajes dotados de dicha específica cualidad,  cuya intervención  necesita  la joven del agua para regresar viva a su mundo. Todos ellos son personas conocidas y cercanas, miembros de la comunidad de vecinos, desde el más letrado, al más estrambótico o aparentemente inútil. Cada uno tiene la cualidad precisa “para hacer eso que hay que hacer”, y nadie más la tiene ni podría hacerlo.

Todos y cada uno cumplen  con su rol en la forma y el momento precisos, como ejecutando un elaborado y mágico  plan que se va desvelando paso a paso. Y la mujer del agua regresa a su mundo. Y concluye así la metáfora.

Vivimos encerrados en nuestro egocentrismo y creyéndonos autosuficientes  frente a los demás, cuando no superiores a ellos, porque así parecen confirmarlo nuestros logros personales. Hemos tomado tanto partido a favor de la realidad aparente, que ya no percibimos la magia. Hemos fortalecido el ego hasta niveles tan elevados, que hemos perdido el contacto con nuestros orígenes.

Así es el vivir humano. Pero la verdad es otra. La verdad es que cada uno de nosotros se asemeja a esa mujer del agua, que sólo puede regresar a su mundo con la ayuda de los demás.

Somos seres ilimitados, aunque contenidos. Como una semilla en cuyo seno habita el espléndido árbol que puede llegar a ser. Pero nadie se convierte en árbol al margen de los “otros”, sino gracias a ellos. Somos portadores de un inmenso potencial y del impulso para hacerlo realidad; aspiramos de manera natural hacia algo intuido como más elevado y grande que nosotros mismos y lo buscamos en todo momento de la vida aún sin ser conscientes de ello.  Y en esa magna aventura, no caminamos sin rumbo, sino conforme a un diseño implícito en el alma; un Plan sin fecha de vencimiento pero con un final asegurado a modo de destino cierto.

Nuestros antepasados, sensibles al devenir del hombre en la Tierra,  representaron dicho proceso mediante una cruz. En ella, la aspiración humana está simbolizada por el palo vertical que se yergue hacia el cielo, mientras el palo horizontal alude al ámbito donde la  aspiración se cumple, que es la relación con el “otro”, o con los demás; con el prójimo o “próximo”. La cruz simboliza “el ser humano realizado”, el hombre consciente de su naturaleza original representada por el Adam primigenio, imagen de Dios o Dios mismo; el Hombre Nuevo, consciente de ser  uno en y con Dios. Atman y Brahman reconocidos como el mismo.

El mundo que habitamos es verdaderamente extenso y complejo,  y ello contribuye a imaginar que el ambiente adecuado para realizar nuestro potencial se halla lejos de donde estamos, en otro lugar y con otras personas. Y podría ser cierto. Pero antes de emprender ese viaje en busca del destino, la vida sugiere que miremos primero al que tenemos al lado, al “próximo”. Porque, si está ahí, tal vez posea esa cualidad específica que al igual que los personajes de la película haga posible el regreso a nuestro mundo. Simbólico retorno que equivale a la metáfora del “ser humano realizado”, finalmente cumplida.


Félix Gracia

domingo, 3 de marzo de 2013

JESÚS ANTE PILATO (o la corrupción que no cesa)

 
“¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías?
Ellos respondieron: a Barrabás”
Mt  27,17

 
Las cosas no ocurren porque sí, sino formando parte de un proceso. Un objeto no es un hecho aislado, sino parte inseparable de un proceso en el que distinguimos la fabricación del objeto, la elección de materiales, su previo diseño y, antes que todo ello, la idea de su creador. Y es el conjunto de los factores el que determina el resultado final. Así es en todos los casos, aunque  el proceso que antecede a la manifestación de algo no resulte siempre tan obvio o sencillo como en el ejemplo anterior. Es el caso de las manifestaciones no materiales como, por ejemplo,  un estado de ánimo o una conducta personal. En estos casos puede resultar menos evidente la existencia de un proceso que respalda la evidencia, pero existe igualmente y, en el origen del mismo, hallamos siempre una causa generadora que, al igual que la idea originaria de cualquier objeto, es de naturaleza intangible: mental. O más propiamente, psíquica. Es decir, del alma.

Así descubrimos, por ejemplo,  que la enfermedad se manifiesta en el cuerpo, pero ha nacido en el alma. El cuerpo sólo hace visible la existencia de un conflicto en otro nivel. De igual manera, nuestra  forma de actuar, nuestra conducta,  representa, como la enfermedad, el final de un proceso que también se origina en el alma.

En estos días se habla como nunca de corrupción. Los casos de corrupción destapados están por doquier y afectan a instituciones y personas de relieve social, circunstancia que confiere mayor relieve a los hechos y los convierte en  noticia de portada. Así nos enteramos todos de que “la corrupción existe” -como una insólita novedad- aunque por la particularidad de los hechos denunciados y por nuestra ignorancia la asociemos al dinero, como si éste fuera el único modo de corromper, y a las personas actoras, como si sólo ellas fuesen las corrompidas. Y no es así. Corromper significa descomponer, adulterar, pudrir, pervertir, impurificar, degradar, deshonrar, infectar, ensuciar, prevaricar, difamar, oscurecer, malversar, humillar, prostituir, escandalizar, contaminar, quebrantar la moral, defraudar, maldecir…, por citar sólo algún sinónimo. Y quien practica estas acciones comete corrupción. Salga ésta a la luz o permanezca en el anonimato.

La corrupción es la acción y el efecto de corromper o corromperse. Es decir, el comportamiento o conducta -que incluye el pensamiento y la palabra además de los actos- basada en la práctica de alguna de  las acciones enumeradas o de sus múltiples ramificaciones. No obstante, la mencionada conducta no es un asunto estrictamente personal aunque se exprese o practique de ese modo, sino colectivo. La corrupción anida como posibilidad en el alma humana, a modo de cualidad en “estado latente” y por tanto capaz de convertirse en realidad. Como tal cualidad configura una cara de la moneda. En la otra cara se halla su opuesto, que significa ennoblecer, mejorar, sanear, regenerar, edificar, consagrar, purificar, bendecir, santificar…, por citar  algunos sinónimos igualmente. Y el ser humano incorpora  la moneda completa, la doble capacidad.

Esto no es un misterio recientemente esclarecido, sino una verdad desvelada hace milenios. Así, Krishna advierte a Arjuna, en esa joya llamada Bhagavad Gita, que el ser humano incorpora en su naturaleza una doble matriz: divina y demoníaca o perversa, y que podemos dar vida a lo uno o a lo otro. O tal vez, a lo uno y a lo otro, porque ambas matrices o potencialidades existen juntas y se complementan, sin que una de las dos pueda ser excluida o negada. ¡Todo un desafío para el ser humano, llamado a descubrir su sagrada unidad!

Siglos después, Jesús, protagoniza una situación donde ambas polaridades son mostradas al mundo: el Bien o la santidad por él representada, frente al Mal o la perversión que representa Barrabás; la matriz divina frente a la demoníaca. Pilato da a elegir al pueblo a quién liberar, y el pueblo muestra su preferencia: elegimos la corrupción, el Mal. Elegimos a Barrabás.

El suceso, aún pudiendo ser histórico,  trasciende la historia personal de Jesús para convertirse en símbolo. A partir de ese acontecimiento, Jesús y Barrabás dejan de ser personajes históricos  para convertirse  en referentes de dos impulsos contrapuestos que conviven en el alma humana; personificaciones de dos arquetipos o matrices en “estado latente” a los que podemos dar vida o manifestar con nuestros actos; y en evidencia de que la atracción del Mal supera al Bien.

La corrupción que en estos días es noticia de portadas es una llamativa advertencia de que Barrabás está vivo y presente en nuestras vidas, y con él la atracción hacia el Mal. Pero al propio tiempo, también nos indica que existe Jesús. Si el uno existe, el otro también. Esa es la ley de la polaridad. Por ello, la  corrupción presente, que habla de sí misma afirmando la existencia del Mal y su poderoso atractivo,  también representa  la oportunidad de mirar al otro lado de la moneda donde vive Jesús, que es la opción de dar vida a los aspectos más nobles y puros del alma: el Bien.

La opción del Bien se moviliza en el alma arrastrada por el Mal evidente. La apetencia de aquél se hace mayor cuanto más protagonismo alcanza éste, porque la radicalización de un polo potencia su opuesto facilitando así su inevitable despertar. Por tanto, el protagonismo de Barrabás mantiene vivo al Jesús latente, quien con absoluta seguridad saldrá a la luz, impulsado, paradójicamente, por la misma fuerza que lo mantenía oculto.

Esta dinámica a favor del Bien moviliza el deseo de hacerlo presente, manifiesto o real, y suscita en nosotros un ansia por alcanzarlo basada en la creencia tácita de que para lograrlo hay que eliminar su opuesto; premisa fundamental  que expresamos en forma de negación,  rechazo y  condena del Mal manifestado. De este modo, nos volvemos críticos y censores de todo cuanto no encaja en nuestra idea del Bien, convirtiéndonos en condenadores de aquello mismo que ha movilizado nuestra conciencia hacia lo presentido como “mejor”, sin sospechar que la solución no está en la condena ni en  la destrucción del opuesto, sino en su reconocimiento, en la aceptación de su necesaria e inevitable  presencia, porque sirve a la opción de vida basada en la polaridad, que es la vida humana.

El sueño de un “mundo nuevo” no se realiza a través de la confrontación ni de la lucha contra lo opuesto a nuestro ideal, sino mediante la comprensión de su existencia y el reconocimiento de su función en la Creación, donde cada cosa es significativa. Todo intento por eliminar un polo resulta inútil. La vida humana consiste en experimentar los extremos, desde el sufrimiento al gozo, desde el blanco hasta el negro pasando por los incontables matices del gris. La vida humana es así, el mundo es así, y no hemos venido a él para cambiarlo, sino para cambiar nuestra visión reconciliando los opuestos. El “mundo nuevo” por el que soñamos no es un lugar, sino  un estado nuevo del alma: ése donde todo es reconocido perfecto, adecuado y santo, porque nació bendecido por el Creador.

Para cumplirse, este gesto exige una elevación del nivel de conciencia del ser humano que trasciende todas sus identificaciones personales, hasta alcanzar “el punto de vista de Dios”. En ese espacio intangible del alma, todos los dilemas desaparecen y sólo existe la unidad que se manifiesta de incontables formas, como las facetas de un único diamante. En ese inefable lugar, el Reino de los Cielos, como el sol o la lluvia, es derramado por igual sobre justos y pecadores: caras opuestas de la misma moneda que caminan juntos sin conocerse, enfrentados, enemistados, ignorando cada uno la razón de la existencia del otro.

En ese instante sin tiempo en que a través del Mal descubrimos el Bien y  comprendemos que ambos son aspectos diferentes del Todo Creador, percibidos y experimentados separadamente por los seres humanos porque esa es la cualidad fundamental de la vida expresada por la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal”, uno tiene la tentación de repetir el juicio ante Pilato y contestar a su pregunta sobre a quién liberar, de la manera en que siento lo haría Dios: “A los dos”.

 
Félix Gracia

sábado, 23 de febrero de 2013

LA RENUNCIA DEL PAPA ( o el Diablo redimido)


El Papa ha dicho que se va, alegando motivos personales sin duda ciertos, como su falta de vigor físico y mental para conducir la nave. La noticia, inesperada, ha ocupado  los medios informativos durante días y dado pie a todo tipo de especulaciones.

No es frecuente que un Papa dimita. Lo habitual es que su reinado concluya con su muerte, pero no con la renuncia en vida. De ahí que la decisión de Benedicto XVI  sea la excepción, y con ello resulte más noticiable incluso que la muerte, pues sugiere la existencia de alguna razón o causa igualmente excepcional que la motive.

Y es el propio Benedicto XVI quien  desvela el  trasfondo que inspira su decisión al anunciar “la existencia de divisiones, rivalidad y luchas de poder en el seno de la comunidad clerical”. Éste parece ser  el verdadero motivo: la división interna. Nada nuevo, por tanto,  ni excepcional, pues la división es inherente a la vida humana y está en la raíz de nuestras motivaciones, de nuestro comportamiento y de nuestras obras. La división entendida, no como el acto de repartir, sino como estado del alma que percibe y experimenta todos los elementos de Creación separados entre sí, y no la unidad subyacente que los aglutina haciendo de las partes el Todo.

Este es el sentimiento que nos hace creer y sentir que el “otro” no tiene que ver conmigo y que su presencia constituye una amenaza para mí, para mis intereses u objetivos, y justifica que me proteja ante él o que lo ataque en defensa de lo mío. Este es el sentimiento que genera esa ética paralela a la que me referí en otro artículo y que llamamos egoísmo. Este es el sentimiento que convierte a los demás en “ajenos”, cuando no   en rivales o enemigos potenciales, y hace posible la confrontación y aún el exterminio del rival, sin percibir la señal de que el daño causado a alguien es a la vez daño propio.

Al anunciar el Papa la existencia de divisiones, de rivalidad, de confrontación y de luchas de poder en el seno de la Curia, está proclamando  que el sentimiento al que me refiero en párrafos anteriores habita en el corazón de la comunidad eclesial, que es a su vez, el corazón de la Iglesia Católica.


Tal vez suponíamos que el núcleo “representante de Dios en la Tierra” era un hecho aparte, libre de la atadura que nos limita y condiciona a los demás como si de una maldición o un destino inexorable se tratara; algo así como una Creación exclusiva, un reducto aislado y puro protegido frente a la contaminación psíquica del mundo. Y resulta que no es así, que no existe tal exclusividad y que allí se respira el mismo ambiente que en nuestras casas, en nuestras calles o en nuestro lugar de trabajo.

Las palabras del Papa revelan que, más allá de las apariencias, los seres humanos somos igualados no sólo en la muerte, sino también en el vivir. El estado de separación, anida en el alma humana y se extiende por todos los ámbitos sin excepción, confirmando que la vida  se cimenta en una sóla ley y que no existen privilegios en función del cometido, pues todos son igual de valiosos y necesarios ante los ojos de Dios.

El  ambiente que menciono más arriba  alude a algo intangible, psíquico, que es el estado de separación  subyacente en el alma. Y su nombre es “Diablo”. Nombre adecuado para definir su naturaleza, pues procede del latín diabolus y del griego diábolos, que significan dividir, separar. El Diablo, pues, no es una entidad, sino una función: la de dividir o separar, que muestra las partes del Todo y genera la sensación de independencia de dichas partes frente a la Unidad subyacente. Así “nacemos” como individuos aislados, egocéntricos y egoístas; y así se abre la puerta a la experiencia humana reflejada en la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal”, que augura la presencia de los polos opuestos en el vivir, y la consiguiente sociedad hecha de luces y sombras. Por tanto, allí donde la división -o cualquiera de sus consecuencias- se manifieste, está sin duda “presente” el Diablo.

Y el Papa, a juzgar por sus palabras,  ha descubierto que el Diablo habita en el Vaticano haciendo de éste una empresa difícil de gobernar, o tal vez imposible. Quizá el Papa, al igual que nosotros, abrigaba la creencia de que allí sólo habitaba el Espíritu Santo, porque Dios habría hecho para sí mismo un reservado en la Tierra diferente del resto. Pero resulta que allí también mora el Diablo, tan aparentemente distante del Espíritu Santo según nuestra  creencia. ¿Participaba el Papa de esta creencia común, o sabía ya que Dios no es una entidad arbitraria ni caprichosa, sino “un poder eternamente viviente y eternamente creador” que incluye en su inaprensible naturaleza todos los mundos, materiales y espirituales, habidos o por haber; que todos los extremos son facetas de Sí igualmente santas; que nada existe fuera de Él y que en todo lo creado se complace y ama por igual? Tiendo a pensar que el Papa, este Papa, conoce muy bien a Dios y, por tanto, la función de separación a Él perteneciente y que llamamos Diablo, declarada no obstante maldita por la misma institución que él representa; lo cual equivale a declarar excluida de Dios a una de sus partes, o que Dios está “diabolizado”.  

El mantenimiento de esta creencia hace del dios del catolicismo un dios incompleto a quien se le enfrenta un poderoso rival: el polo opuesto creado con todo lo que le hemos “quitado” a Él. Ese dios no  es Dios. El Dios en el que yo creo no tiene rivales, porque no hay nada fuera de Él y todo cuanto existe es Él manifestado en incontables formas. Sólo existe Dios. Y, si a día de hoy existe algo que aún no hemos reconocido como perteneciente a Dios, estamos en deuda con Él.

Esta reflexión nos acerca al sentimiento de Orígenes de Alejandría expresado en el concepto denominado apokatastasis, o gran reconciliación universal; acto supremo de restauración de la Unidad en virtud del cual todo lo disperso queda integrado en la naturaleza de Dios, sin que nada haya sido perdido, ni excluido, ni separado. Y, tal vez nos acerque asimismo  al sentimiento del Papa que inspira su renuncia. ¿Comparte Benedicto XVI la visión de Orígenes, que en su caso le obligaría a levantar la excomunión que pesa sobre el Diablo? ¿Acaso no es este mismo mensaje el que transmite Jesús al referirse a la oveja extraviada, sin la cual no está completo el rebaño?

Desconozco si el Papa participa de este sentimiento. Pero voy a imaginar que sí; que interpreta la parábola de Jesús como una alusión personal donde deviene “buen pastor”, y que su retirada no es una renuncia, sino una estrategia que necesita de la soledad para descender al rincón más profundo del alma y allí vivir el proceso de encuentro con esa función rechazada, para sentir el dolor del desprecio en ella acumulado y, luego, en nombre de cuanto él representa, abrazarla como una madre abrazaría a su hijo más necesitado.


Félix Gracia

domingo, 17 de febrero de 2013

RETENER

Decía en artículos anteriores que el aliento de vida se manifiesta en forma de respiración y que, ésta, por constituir la base de la vida, también indica la cualidad o naturaleza de la misma. De este modo se pone de manifiesto que la vida es ritmo, alternancia entre la inspiración y la espiración, entre el tomar y el dar.

La cualidad de algo alude a la naturaleza esencial de ese algo, a lo que es permanente en él porque es inmutable. La cualidad de una cosa es el principio o ley  que la hace ser lo que es, y no otra cosa. De esta manera, cuando decimos que la cualidad de la vida es  “tomar y dar”, estamos reconociendo que el acto de vivir es un ejercicio inevitable y continuo de dicha alternancia, que esa es la ley  y que no puede ser de otro modo.

La respiración es un marcapasos biológico anunciador del orden sutil que sustenta a la vida, y el medio a través del cual el alma proclama su vocación. Tomar y dar, recibir y conceder, coger y dejar…Este es el principio ético que define al hombre y el rasgo esencial de nuestra naturaleza. Estamos diseñados para realizar un viaje a través de la experiencia, sin detenernos en ningún lugar; configurados para compartir esa aventura con todo cuanto ha sido creado y que percibimos ajeno, para relacionarnos con ello y acabar descubriendo que los otros no eran otros, sino el mismo bajo otro aspecto. Y que ese mismo es la unidad de todos, sentida por cada uno.

Detrás del principio ético que nos anima, formulado de manera explícita por la alternancia del tomar y el dar, se anuncia implícitamente la existencia de un tercer factor consistente en “no retener”. Retener, conservar, guardar, son actitudes que bloquean el flujo y perturban el ritmo que mantiene el orden en la vida. Y dichas actitudes, pese a perturbar el orden de la vida o tal vez por ello mismo, se hallan presentes en la raíz de nuestras motivaciones, originando  una ética paralela que llamamos egoísmo. O actitud que busca la satisfacción de “lo mío”, aún en detrimento de los demás.

El egoísmo no busca compartir, sino tener el máximo para sí mismo. Retener. Con esta actitud marginal  no se anula el impulso natural de la vida, no se paraliza el ritmo. Pero quedamos expuestos a sus consecuencias manifestadas en forma de dificultades, frustraciones, enfermedad, sufrimiento…

El dolor en cualquiera de sus formas, no es un castigo, sino una advertencia. Enfermamos o sufrimos, no porque seamos “malos”, ni porque exista un Dios castigador, sino por ser ignorantes; por vivir sumidos en el estado de avidya, que impide reconocer el orden sutil que nos alienta y nos hace uno con todo lo creado, favoreciendo contrariamente la creencia insana de que “teniendo yo más viviré mejor”.

Otro mundo es posible. Pero sólo después de un cambio radical en nosotros, de una metanoia. 

Félix Gracia

lunes, 11 de febrero de 2013

ALIENTO DE VIDA (2)



El aliento de vida nos hace seres animados, sensibles, humanos, y se manifiesta en forma de respiración. Y, puesto que constituye la base de la vida misma, también indica su cualidad. Así comprendemos que la vida es ritmo, polaridad, alternancia de movimiento que se repite…, y repite…, sin fin. Respiramos. Tomamos aire y soltamos; inspiramos…, espiramos… Así, una vez, otra vez…, otra vez… Tomar…,dar…, tomar…,dar…, tomar…, dar. Esta es la cualidad de la vida humana y, por tanto, la instrucción que subyace en el alma; el modelo que  inspira  nuestra manera de vivir: tomar y dar. Dos polos o fases de una sola cosa, que es el aliento de vida, el cual  percibimos y experimentamos en forma de respiración. Es decir, de manera polarizada, experimentando los extremos alternativamente. Pero no la unidad de ambos, no el intangible aliento mediante el cual Dios se hace presencia en el hombre.

En el artículo “EL SUFRIMIENTO ÚTIL”, publicado hace unos días me referí a los dilemas como algo inherente a la vida humana. Dije que no es posible instalarse en uno de los polos rechazando el otro, porque ambos constituyen una unidad y van juntos. A lo comentado entonces puede añadirse lo que expongo en el párrafo anterior respecto a la respiración.

La inspiración y la espiración existen unidas, van juntas; la una existe porque existe la otra, y no es posible establecerse en una sola. No es posible sólo inspirar y retener lo inspirado, ni tampoco espirar y quedarse así. En ambos casos se produciría la muerte, porque esa errónea actitud “desconecta” al ser humano del aliento que le hace vivir.

La vida humana se nos muestra a modo de dilemas continuos porque la base de la vida, manifestada en forma de respiración, así lo es. La Creación es una y todo cuanto existe constituye una unidad. Pero la opción del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal” que define nuestra vida en el mundo, impone la experiencia de los extremos, de los polos opuestos, como camino al conocimiento de dicha Unidad.

Félix Gracia

jueves, 7 de febrero de 2013

ALIENTO DE VIDA



“Modeló Dios  al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro
aliento de vida, y fue así el hombre ser animado”
(Gén 2,7) 

Respirar es vivir. Un acto de respiración nos incorpora al mundo y otro  nos saca de él. Y entre uno y otro movimiento, queda contenida la vida humana. La respiración nos introduce en el mundo, nos mantiene en él y finalmente nos saca. Antes de llegar a él, el mundo ya respiraba; y cuando ya no estemos aquí, el mundo seguirá respirando. Por eso la respiración no es algo personal, no nos pertenece; existe, como algo inherente a la Vida que nos acoge, nutre y acompaña, sin que en todo ello medie nuestra voluntad. No respiramos porque queramos hacerlo, sino porque lo impone la Vida. Respirar es vivir y vivir es respirar.

Somos seres animados, vivientes,  provistos de ánima, o alma; bendecidos por el “aliento de vida” citado en el Génesis, que nos hace miembros de la Vida.  Existimos en el seno de la Vida en virtud de una gracia. Habitamos en el corazón de Dios donde existen todos los mundos, todas las realidades, todos los sueños, todos los seres… Compartimos con ellos la estancia y los medios; respiramos juntos, compartimos el mismo aire, a través del cual el “aliento de vida” se renueva y mantiene.

Por eso la respiración no es un acto mecánico, sino un signo de pertenencia, un vínculo con algo mayor inclusivo de todo cuanto respira que nos hace seres animados, vivientes. Respirar es vivir,  vivir es pertenecer, y pertenecer es compartir. Y, el fundamento esencial de ello, es el  aliento o anhelo insuflado por Dios como un don inherente a nuestra naturaleza, sin el cual nada éramos y  nada seríamos.

El acto de respirar nos recuerda a cada instante que existimos en el seno de la Vida, o de Dios, donde existe toda la Creación como algo único y total; que pertenecemos a ese Todo junto al resto de las criaturas, con quienes compartimos una naturaleza común, aún  sin ser conscientes del vínculo que nos identifica y nos une, entre nosotros y con Dios. El acto de respirar mantiene indeleble el vínculo que une a las almas con su Creador, mientras aquéllas consuman la experiencia de una vida humana desde el no recuerdo de su dignidad, de su naturaleza y origen verdaderos, y creyéndose que son otra cosa., que viven separados de Él y que son culpables de dicha separación.

El acto de respirar es el testigo y la consecuencia del aliento que habita en el hombre, del anhelo capaz de elevarnos más allá de nuestros límites personales, hasta reconocernos en todo lo demás. Y es la esperanza de que un día se hará realidad.

Respiremos todos…, respiremos.


Félix Gracia

martes, 29 de enero de 2013

EL SUFRIMIENTO ÚTIL


Un dilema es la situación que se plantea cuando concurren dos opciones o  posibilidades, de tal manera que, consideradas por separado, cada una de ellas resulta adecuada, lógica y hasta conveniente. Pero juntas no pueden coexistir; será la una o la otra, pero no ambas a la vez. Un dilema es lo formado por los términos justicia y misericordia, por ejemplo. Ambas posibilidades son perfectamente válidas y justificables si se juzgan por separado. Está bien actuar con justicia, e igualmente está bien ser misericordioso. Y podemos  aplicar la justicia, pero entonces no seremos misericordiosos. O proceder a la inversa, y entonces no seremos justos. Ser justo o ser misericordioso, representan dos opciones igualmente válidas; podemos ser lo uno o lo otro, pero no ambas cosas a la vez. Podemos ser justos en unos casos y misericordiosos en otros, alternando dichas opciones. Pero no podemos ser justos y misericordiosos al mismo tiempo. Eso es un dilema.

Un dilema, pues, no es un simple concepto, sino una cualidad de la experiencia que se basa en el reconocimiento de los extremos, en la vivencia de la polaridad. Un dilema es el vivir humano; la realidad sensorial, práctica y diaria, anunciada por la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal” que sucede a la pérdida del Paraíso, y que no constituye un castigo -salvo en nuestra errónea creencia- sino una   advertencia: el anuncio de cómo es la existencia experimentada desde el “estado de separación” en el que nos sentimos. Vivir fuera del Paraíso es vivir la separación; experimentar las partes desde un extremo al otro y sentirlas antagónicas, ignorando la unidad que subyace tras las formas. Vivir fuera del Paraíso significa recorrer el largo camino de la experiencia posible, desde el bien o lo bueno, hasta el mal; desde la alegría y el gozo hasta el sufrimiento. Vivir ausentes del Paraíso es vivir expuestos a la experiencia incesante, múltiple e inagotable, a veces deseada y feliz, y otras frustrante y dolorosa. Pero siempre sentida.

La vida humana es así. Polar, dilemática. Y como tal hay que asumirla, pues no contiene un error que deba ser subsanado. El bien y el mal, como todos los polos opuestos, son las caras de una sola moneda; existe el uno porque existe el otro; ambos van unidos porque son lo mismo, y no es posible separarlos. Pretender evitar una polaridad en nuestra experiencia de vida, constituye una prueba de nuestra ignorancia que, en contra de lo pretendido, potencia aquello que queremos eliminar. No es posible instalarse en la felicidad, ni en otro aspecto cualquiera, evitando experimentar su opuesto. Éste se hará más llamativo, se mostrará con mayor pujanza, dolerá más…, llamando así la atención y pueda ser revisada nuestra actitud. La vida humana contiene todo, pues en nosotros encarna la metáfora del “Árbol del conocimiento del Bien y del Mal”. No es posible eludir esa realidad ni el evitarlo forma parte del Plan.  Todo lo que hay que hacer es vivir lo que toca, sabiendo que hemos contribuido a la creación de esa realidad, y que  se trata de la cara de una moneda que, al mostrarse, está a la vez anunciando la existencia de la otra cara hacia la cual nos orienta, y que ambas forman una unidad; que son aspectos diferentes  de lo que es uno; que todo procede del “vacío cuántico”, del insondable Brahman Supremo, del seno de Dios; que todo son partes de la Unidad, igualmente perfectas, adecuadas y santas. Y que la experiencia humana de todo ello tiene el propósito de hacerlo real en el último rincón de la Creación, que es la materia.

Cuando lo vivimos así, con esta conciencia, el sufrimiento -tan denostado y  tan frecuentemente inútil-, convertido por causa de nuestro permanente rechazo en el habitante de la Vida más alejado, deviene reconocido y aceptado; deviene útil, tanto como el gozo o la alegría, porque nos hace crecer. En ese instante sin tiempo, el dilema irresoluble para el hombre desaparece, deja de ser. Porque quien lo vive ahora ya no lo contempla con ojos humanos que sólo ven la separación, sino con los ojos de Dios, que en todo ve al “hijo amado”, en el que se complace.


Félix Gracia

lunes, 21 de enero de 2013

PAULA, o un mundo nuevo

Paula cumple hoy un mes de vida. Llegó con el Solsticio de invierno; de la mano del Sol que, ese día, cumplía con su destino de ser el eterno anunciador de que Dios habita en el corazón de los hombres y que, éstos, están llamados a descubrirlo y a sentirlo, provocando en ellos mismos un cambio sólo comparable a un “volver a nacer”, o resucitar. Nuestros antepasados, que así lo intuyeron, asociaron esa experiencia humana al nacimiento de un niño divino, un Niño-Dios, y lo relacionaron con un acontecimiento cósmico llamado Solsticio, porque en ese momento la Luz vinculada al Sol, comienza a superar a la oscuridad de las noches invernales.

Paula nació con ese Sol que sustenta a la hermosa metáfora que alude al porvenir de la raza humana en la Tierra, y con su venida sentimos que alguien ha llamado a nuestra puerta para recordarnos, no sólo el destino que nos aguarda, sino cuánto queda por hacer para que lo anunciado se haga realidad. Paula nos  llena de alegría porque en ella la metáfora trasciende su simbolismo y se hace humana. Pero también nos recuerda que el milagro descansa en nuestros actos, que el “mundo nuevo” anunciado acompaña al “hombre nuevo” y, que si éste no nace, tampoco lo hará aquél.

Paula es mi nieta. Una preciosa criatura, un ser individual maravilloso capaz de despertar en mí recuerdos y sentimientos profundamente guardados. Pero Paula es también un colectivo, una suma de voluntades que han decidido descender al mundo de los humanos en este momento crucial para traer la Luz, para ser “la lámpara encendida que se coloca en el lugar más alto de la casa con objeto de que ilumine a cuantos habitan en ella”. Sí, Paula es también un colectivo, un “todos en uno” que aglutina a todos los niños venidos al mundo, pues todos comparten la misma función e idéntico propósito: ser el estímulo que nos ponga en acción a quienes vinimos antes, atraídos precisamente por la idea de un mundo nuevo “donde no haya más llanto, ni fatiga, ni dolor ni muerte, porque el mundo viejo ha pasado”.

Cualquiera que sea su nombre y esté donde esté, en la familia humana ha nacido una Paula, que es Luz en el mundo.

Félix Gracia

lunes, 14 de enero de 2013


RECUERDA...

Vivimos tiempos difíciles; tiempos que remueven la memoria  del alma aflorando sentimientos otrora vividos, experimentados, sufridos...

Lo de ahora no es nuevo, sino eterno. Existe en el seno de la Vida como un impulso renovador y de cambio; como una semilla que germina, crece y, llegado su momento, fructifica, para luego permanecer dormida, latente, hasta que llegue el tiempo de un nuevo despertar, que es también el tiempo de la renovación y del cambio. Cuando ese momento llegue, resucitarán en el alma los sentimientos que acompañaron al proceso anterior, en el que algo tuvo que morir para que algo nuevo naciera.

Y aquí nos hallamos, en pleno proceso de renovación, en plena crisis; protagonizando un cambio que significa "crecer ampliando nuestros límites", la conciencia de lo que somos, porque nos mueve y arrastra un instinto sublime hacia la totalidad del Ser.

Sí, aquí nos hallamos, muriendo y renaciendo a la vez. Despiertos, mientras transitamos por la "noche oscura del alma"; por ese tiempo fronterizo  en el que uno ya no encuentra la seguridad en lo conocido o poseído, que está llamado a desaparecer, ni tampoco en lo nuevo que ha de llegar porque aún no ha llegado. Y, mientras ese tiempo permanece, la vida humana se asemeja a una frágil barca en plena tormenta y, nosotros, a sus atribulados ocupantes.

La metáfora del Evangelio se hace real en nuestra experiencia de vida, como siempre ha sido. Y aquí nos hallamos hoy. O así lo siento yo. Somos el personaje que habita en la barca. Pero, tal vez ese cambio que se anuncia por el horizonte pueda llevarnos al reconocimiento de que, a pesar de nuestra flaqueza, de nuestras limitaciones y miedos, también somos aquél que camina sobre las aguas.

Así lo siento en mi también atribulado corazón. Y, porque así lo siento y quiero vivirlo, renuevo mi confianza expresada en estas palabras que reproduzco seguidamente, y que un día escribí como colofón para todos los asistentes a un Curso sobre Jesús; ese Jesús intemporal, eterno caminante que camina sobre las aguas hacia la barca donde le esperan sus atemorizados amigos, entre los cuales y como ellos me siento y declaro.

Si, tú, amiga o amigo que me lees, te sientes así, miembro de ese colectivo amigo de Jesús, aquellas palabras de entonces son hoy para ti:

"Pase lo que pase y veas lo que veas..., recuerda. Cuando te caigas. Cuando vueles. Cuando rías. Si aparece el dolor, o la suerte, o la tristeza..., recuerda. Cuando el viento tense tus velas en mar abierto y sientas la proximidad de tu destino, o cuando la tormenta amenace con hundir tu barca..., recuerda. Pase lo que pase, recuerda que en la experiencia del vivir todo es pasajero, pero que tú eres la roca firme de la Verdad y la Vida eternamente manifestadas; que eres el Hijo de Dios en cada instante de tu vida y que cualquiera que sea tu nombre, también te llamas Jesús."

Félix Gracia